viernes, 10 de noviembre de 2017

LO MEJOR DE LOS CHUNGUITOS

 
 
 

Aquí oyendo lo mejor de los chunguitos, disco recuperado tras que me lo choraron, eso que la gente no quiere ya vinilos… no sé si es lo mejor pero hay temazos como Pase lo que pase o Me quedo contigo. La música de los setenta de estos hermanos vallecano/extremeños, con salvajes trompetas, timbales, la voz bronca y de rajo. La dureza de las letras contrastando con la marcha de las melodías.


 

En los primeros ochenta el conjunto queda descolocado por la desaparición de Enrique Salazar, el chunguito impetuoso que llevaba la voz cantante. A mí me gustaba mucho, aunque a veces me recordara… ¡a Manolo Escobar! (o por eso mismo). Inmediatos a su muerte son los días de gloria de sus hermanos, cuando son adoptados por los modernos, que los llevan a Rock Ola y a la Edad de Oro...
También el viejo profesor, que los llevó de gira por todos los barrios. Y los productores de sus discos visten el fondo callejero de su música con teclados, sintetizadores y guitarrillas tecno pop. Hicieron todavía un par de discos que, bueno… pero sonaban ya como todo lo de entonces, ya eran banda sonora para programas de sobremesa.  
Hay un disco póstumo de descartes, Recuerdo de Enrique, que mola mazo, canciones sin retoques y textos en la carpeta del poeta Ullán, valedor intelectual del grupo: "A este joven cantante, taciturno y socarrón, le gustaba montar en avión y dormir largamente". Así le recordaba. Más tarde Los Chunguitos perdieron los papeles y vino la “homofobia”, el Gran Hermano, la vuelta al barrio…
 
 
 
 


Los chunguitos No puedo dejar de amarte - YouTube

https://www.youtube.com/watch?v=shTtegKYTTA 

Los chunguitos "para que no me olvides" - YouTube

 
 
 

domingo, 5 de noviembre de 2017

HOMBRE DE LAS MULTITUDES

 


Me adentro entre la muchedumbre buscando la belleza de una escultura humana o, al menos, una mirada amiga que me avise de que la humanidad está en peligro. Las masas preguntan con acentos diversos por los espectáculos masivos. Autómatas, mutantes. De pronto una silueta peculiar despierta mi atención…, pero el viejo enseguida me descubre con sus ojillos de lagarto. Le imagino saliendo de oscuros interiores, pensiones de cuartos sin ventanas y larguísimos,  oscuros pasillos. O, tras dormir una siesta de décadas, surgiendo de la máquina del tiempo. Entre las multitudes teledirigidas, tiene al menos una mirada de curiosidad. No se sabe si sale para ver o para ser visto y, reconocido, sentirse vivo. Con las manos a la espalda, va arrastrando por el asfalto las zapatillas de felpa. Se para por un periódico que hay abandonado en un banco, pero enseguida lo suelta, considerando que la actualidad no vale la pena… Se interna por las bocacalles, pero sin dejar la querencia de las bombillas y los escaparates, como los niños pequeños. No tiene prisa y no cesa en su dar vueltas a la tómbola de la ciudad. Como en aquel relato de Poe, El hombre de las multitudes, en que el narrador sigue a un viejo extraño que pasa y repasa las calles del Londres populoso, misterioso y a la vez anónimo entre la gente, incansable, hasta que tras dos días de seguirle, sin sacar nada en claro, le deja marchar…


 

FACHÁ




Pedazo banderolo que han colgado en la discoteca Pachá, templo pijo de la movida y dispensario de sustancias. Hay que huir de la ciudad, dejar de ver los balcones enguirnaldados. Pero salimos al campo y las banderas nos acompañan en las casas que dan a la carretera. Tantas banderas, tantos vecinos que jamás pisarían Cataluña, pero que no les quiten su trozo de tarta. En el dudoso supuesto de que un trozo de trapo simbolice un lugar, un territorio, sólo tiene sentido ondearlo fuera de ese territorio (el lugar ya está en sí, y no necesita representaciones). Así, me gustó ver una ikurriña en Granada, colgada de un balcón del Albaicín. Pero hay algo prepotente y fascista en todas las banderas, como invocar a una suprema razón. Los americanos sacan la suya a la mínima en todas sus películas. Y ante tal situación, y ante este empacho de tortillas con tomate, ganas me dan de sacar al balcón una bandera pirata y, en su defecto, incluso el arco iris de los gays...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

DOSTOIEVSKI





Interesante esa chica que lee El idiota de Dostoievski en la terraza casi vacía, al sol de última hora. Tanto que estoy a punto de decirle algo, pero… qué coño le iba a preguntar, ¿qué tal va el príncipe Muichkin, ya ha tenido algún ataque epiléptico? o bien, ¿qué te parece el tratamiento dramático de los personajes de Dostoievski? (Me viene a la cabeza un cuento de Borges, El doble, en el que Borg se encuentra consigo mismo de joven, leyendo en un parque un libro de Dos, y habla del ruso con su alter ego.) Pero, volviendo a la chica, es pálida, de media melena, parece seria, lleva una chaqueta negra y vaqueros, zapatos sin calcetines, lo que le hace en cierto modo vulnerable, pues a esas horas ya empieza a refrescar y por ahí empiezan los constipados, para decirlo de manera dostoievskiana. Cierra el libro y ella misma se dirige al camarero, las mesitas están a la puerta del bar, que le dice el precio del café y espera a su lado, la muchacha rebuscando ya en el bolso, saca unas llaves, los papeles del ambulatorio, balbuceando, pero muy tranquila, algo que no se oye, levantándose y tras mirarse en todos los bolsillos, otra vez sentada, ofreciendo en la palma de la mano unos céntimos de euro… Ya estoy a punto de pasarle yo un pavo, pero el camarero, que es un viejo bigotudo desconfiado pero sabio, se encoge de hombros sin coger el dinero y cuando la chica le pregunta si puede pasar al baño, le dice, sí, pasa. Iba a preguntarle yo algo al camarero, pero mira con cara de pocos amigos… La chica sale al rato dirigiéndose al sol poniente, trastabillando un poco, deslumbrada o más bien perdida... De vez en cuando la literatura se encarna en la vida, o al revés...