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jueves, 14 de febrero de 2019

BLACK AND BLUE

-Sólo me queda la cerveza y la música de los rolling stones- le dije melodramático a un amigo una noche de malasaña
-Pues te queda bien  poca cosa.

He visto hace poco que algún tontonauta ponía el Black and  Blue de los Stones en la lista de los peores diez discos de rock de la historia… Yo he escuchado este disco cienes y cienes de veces, y siempre con aprovechamiento. Pero hay mucha gente que las películas tienen que ser con argumento y las novelas con final feliz…


Una cosa sí que se nota, que este álbum es una improvisación, work in progress, le dicen, pues parece que los Rollingstones estaban en la necesidad de sacar pronto un disco, entonces, hacia 1975, iban a dos por año (ahora llevan catorce sin grabar nada, el último es de 2005, no cuento el de versiones de blues por ser una puta mierda).



No tenían guitarrista para suplir a Mick Taylor y probaban con varios. Jeff Beck, dicen que Clapton. También con gente del jazz rock, como Harvey Mandel, que aparece en Black and Blue. Esto hasta la entrada decisiva de Ron Wood…


Por eso no había en Black and blue ninguna canción redonda, original, una “creación” propia de los Stones, trabajaban sobre moldes ya hechos, entraban a una corriente que fluía en algún lado del subconsciente.

Con Black and blue se acabaron los stones melódicos y sinfónicos, aquí hay más ritmos que melodía -funk soul reggae disco- palos que apenas habían tocado. Mucho swing. No son canciones acabadas sino los rs dejándose llevar por el ritmo, dentro de un maremágnum sonoro que les arrastra… 

No sé dónde está grabado, creo que en Alemania dijeron el otro día en la radio, pero suena a las Antillas.



A mi padre, que no era de rock para nada, le gustaba Black and blue, una vez que yo lo estaba escuchando, cosas como Melody, ragtime de Nw Orleans con piano y trompetas que el viejo, con oído, identificaba como “cabaret francés”. Cosas como Fool to cry en la que Mick empieza a cantar en falsete en la onda Bee Gees.





Porque aquí los Stones están muy arropados de pianos y organistas, con sus grandes teclistas amigos –Nicky Hopkins, Ian Stewart, Billy Preston (coros también, fanfarria y lo que se tercie, una máquina)-, rollings en la sombra, los tres tristemente fallecidos.


Pero shiquillo...
No taproveches
El último tema Crazy Mama es un rock machacón ya con ellos solos, puro Stone, que preludia lo que vendrá después. Con Ron Wood murieron los stones y nacieron los rolling, pero esto ya lo voy a dejar para otro día…






Dudo que hayáis llegado hasta aquí, pero voy a enlazar  un par de temas: Hand of fate- un rocanrol como para oír en los billares-, y Memory motel, preciosa balada de carretera, cuasidesconocida.



miércoles, 10 de agosto de 2011

DYLAN EN VALLECAS



Dylan llegó a Vallecas hace veintisiete años, por estas fechas. Recuerdo los calores, recuerdo que se acababa el COU y que nos iban a dar un palo en la selectividad. Rescato hoy la casette pirata con la grabación de Infidels (1984) que sigue sonando nítida y contundente, para que digan que la tecnología avanza. En la carátula, recortada la portada del disco del boletín de Discoplay. Este post más que nostalgia es arqueología.

Dylan ya era malinterpretado. Apareció un artículo de Sabina en Diario 16, reivindicando al folk singer y haciendo de menos a su “trilogía religiosa”. Pero Bob seguía escabulléndose. Después de Infidels, los videoclips de Empire Burlesque mostraban a un Dylan disfrazado de celador de hospital que se enfrentaba a la mafia china para salvar su amor. Más cercano sin duda a Andrés Pajares que a Woody Guthrie.
 
Y en Vallecas…mucho calor, muchos porros, Santana como telonero dando la matraca durante más de dos horas. Salió Dylan ante un auditorio amuermado de camisas arrugadas. Todavía no entendíamos la versatilidad de nuestro héroe. No tocó nada de Street legal, de Desire… A punto de dormirnos, oímos los compases de Blowing in the wind, en una versión verbenera interpretada junto a Mick Taylor y Santana.
 
Después Dylan abandonó el escenario. Se puso en la cabeza una toalla como las señoras que salen de la ducha. Estábamos en el vértice de las gradas, sobre los camerinos, y pasó por debajo, a pocos metros de nosotros. Incluso podíamos haberle echado un gapo. “Eh, eh, Bob”. Puso una cara, más que de indiferencia, de mosqueo con la muchedumbre (nosotros, eramos tres o cuatro) que reclamaba su atención.