jueves, 2 de mayo de 2013
miércoles, 3 de abril de 2013
AVENTURAS DE JESS FRANK 2
LA OBRA
El problema de la serie B (B de bajo presupuesto) es
que se transparentan las costuras del cinematógrafo y el espectador
despierta de la hipnosis fílmica, lo que Franco soluciona con más sangre, más
tetas y esos flashbacks oníricos rodados en Estambul o en algún caserón con telarañas de la sierra de
Guadarrama. Técnicamente con estrambóticos movimientos de cámara y abundantes
zooms, sin duda para que no se le distraiga el espectador. Cuando se le
reprocha su utilización gratuita del erotismo, responde con sencillez: “Todos
venimos de un polvo”.
Lo mismo que su maestro John Ford, que decía que
dirigía muchas películas para que saliera alguna buena, Jess Frank
se lanza a rodar como un descosido. A veces empalma unos rodajes con
otros: “Eso se llama el back to back, que quiere decir que siempre estás con la espalda
jodida”. O rueda varias películas simultáneamente, o hace diez
montajes diferentes de la misma que van del porno duro a la versión de
aventuras para todos los públicos, lo que para no saturar la cartelera con su
nombre le obliga a reencarnarse en Jess Frank, Franco Manera, Clifford Brown,
Toni Falt, y cuarenta seudónimos más.
“Gritos en la noche”, “Miss Muerte”, “Necronomicon”,
“La muerte silba un blues”, Fumanchú encarnado por Christopher Lee o Klaus
Kinski como Jack el destripador... Del terror derivará Jesús Franco en los
ochenta a las películas X (“Sexo caníbal”, “La chica de las bragas
transparentes”), que él considera con su sinceridad habitual “un antídoto para
la lujuria”.
Uno de sus últimos trabajos ha sido el montaje del
“Don Quijote” de Welles, película inacabada y un tanto absurda, en la que el
viejo Orson se acercó cámara en mano a rodar a Sancho y Quijote en San Fermín.
(Con todos los pamplonicas, que Welles pensaba utilizar como figurantes
improvisados, saludando a la cámara, aquello quedó más bien como un reportaje
del nodo).
La reivindicación de Franco, que él se toma con
humor (“antes tenía tres o cuatro fans en cada país, ahora tengo diez”), se
encuadra en ese revival de lo kitsch que abarca sesudos análisis desde los
Chiripitifláuticos hasta los Chichos: quizá un loable intento de dignificar la
cultura popular, o simplemente de ganar nuevos (viejos) mercados, ante la
ausencia de otras propuestas.
Por mucho que se empeñe Cayetana Guillén
Cuervo–que le invitó hace unos meses a su programa- no podemos considerar “Las
vampiras” como una obra de culto. Pero sí valorar a Jesús Franco en lo que es:
un hijo de los cines de barrio (“El cine nació en una barraca de feria, y ahí
debería seguir”), máximo exponente de un concepto de ir al cine a ver cine,
más que a una película determinada. Sólo así, un poco a lo que caiga, podemos
presenciar filmes como “Drácula contra Frankenstein” o “Dark misión (Operación
cocaína)”. Y disfrutarlos.
martes, 2 de abril de 2013
AVENTURAS DE JESS FRANK
Aprovechando que ha palmado Jesús Franco, rescato la reseña que escribí para La Vanguardia hacia 2004, fecha de publicación de sus "Memorias del tío Jess"... El artículo apareció bastante troceado, a pesar de que yo había propuesto el tema Jess Frank al periódico. El caso es que salió, no sé de dónde, el típico listo con un artículo más largo, diciendo que no, por Dios, que toda la crítica malévola hacia el prolífico Jess era un malentendido y su obra venía a ser la suma de Bergman, Pasolini, Hawks y Kurosawa, con lo que todo quedaba más cool y de paso se cargaba mi tesis de "al cine, a lo que nos echen". Pero mi artículo (doy el original que mandé) creo que tenía gracia, tal vez porque el libro de memorias de Franco la tenía... Va, como entonces, en dos partes:
LA VIDA
LA VIDA
Admirador de John Ford, Buñuel, Hitchcock, Kurosawa,
Stroheim, Eisenstein, y el cine de qualité, Jesús Franco se decanta sin
embargo por la cantidad, con casi doscientas películas rodadas. Una filmografía
que incluso supera la del venerable Jacinto Molina (Paul Naschy), su principal
competidor en el terror hispánico (y al que Franco no cita ni de pasada en sus
memorias). Jesús Franco (Jess Frank) es un especialista en esos extraños
híbridos llamados coproducciones. Ha rodado en Alemania, Francia, Estados
Unidos, cosechando mayores éxitos en el extranjero que en su propio país. Nadie
es profeta en su tierra.
Destrozado o ignorado por la crítica nacional, pero
reivindicado por Cahiers de cinema que saluda su aparición como la del
Roger Corman europeo, autor de un centenar de planos de “Campanadas a
medianoche” -aunque su nombre no figura en los créditos del filme español de
Orson Welles-, Jess Frank ha sido considerado por el Vaticano, junto a Luis
Buñuel, “uno de los directores más peligrosos del cine mundial”. Una credencial
que él ostenta con orgullo.
Franco desvela en su libro (“Memorias del tío Jess”,
Aguilar) los entresijos (nunca mejor dicho) del cine, pero también su
experiencia vital: la guerra y la posguerra en Madrid, cuando se inicia como
locutor en emisoras que parecen sacadas de Mortadelo y Filemón, su recorrido
por casas de putas y cines de extrarradio, sus comienzos como trompetista de
jazz –la música es su otra gran pasión- cuando acudía a la Plaza Mayor que era entonces
como una feria del ganado artístico donde se contrataban músicos, payasos y
acróbatas. Estudiante de Derecho en sus ratos muertos hasta que sus padres le
mandan interno a El Escorial -“un puto caserón cuadrado y siniestro”-, después
marchará a París, y allí se empacha de los clásicos de la cinémathèque.
Franco narra también su debut como ayudante de dirección de Bardem en
“Cómicos”, o sus recorridos por el Madrid nocturno con Fernán Gómez o con
Berlanga.
Pero Jesús Franco no presume de amigos ni cae en el
autobombo a que nos tienen acostumbrados tantos escritores de memorias. Sin
concederse demasiada importancia, sin ninguna acritud tampoco, pero sí con
contundencia y haciendo honor a su nombre, suelta todo lo que se le pasa por la
cabeza. De su cuñado, el filósofo Julián Marías: “era un pijo y un pedante, el
rey del coñazo”. Platero y yo: “una mariconada”. André Maurois, a quien
entrevistó: “un viejo imbécil”. “A mi hermano Emilio le dieron el paseo en la
guerra porque el muy gilipollas se afilió al SEU para ligar en los bailes, sin
saber que era un sindicato fascista”. “Las conversaciones de cine de Salamanca
fueron un coñazo mortal”. Etcétera.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















