viernes, 29 de junio de 2012

CONTRA JOYCE


Qué de libros no pude leer en la Dehesa de la Villa, con 20, 21, 22 años…Recuerdo,  cuando se acercaba el verano, el pinar atravesado de chicharras y yo buscando la sombra, mirando la ciudad borrada por la calima. Kerouac, Proust, Malcolm Lowry, dos tomitos con canciones de Bob Dylan… Por leer, en aquellos años que uno podía con todo y todo le aprovechaba, incluso me tragué medio Ulises de Joyce. Medio, porque era una edición de dos tomos y sólo tenía el primero.
Poco después me haría con la edición completa, la de Bruguera libro Amigo, que me consiguió un idem en una librería/papelería de Bilbao. Edición que tengo repetida a día de hoy, pues recientemente choré los dos tomos en un Remar, un mediodía que no había nadie en la tienda.
 
Han pasado veinticinco años del primer intento y por fin me meto con el libro, sin saber si lo terminaré o moriré en el intento. Me anima el prólogo de Valverde, el traductor, que considera a Ulises un gran libro humorístico, un nuevo Quijote, la mejor novela del siglo XX…
Veredicto personal: un puto coñazo.

Vale que Joyce introdujo en el lenguaje escrito el lenguaje/vaiven del pensamiento, el monólogo interior, las tonterías e “indecencias” (Valverde) que se le pasan a uno por la cabeza…
Antes de Joyce, el pensamiento era más que el lenguaje. Con él el pensamiento no puede ser sin encarnarse en el lenguaje. O sea que James Joyce –pronúnciese así, como suena, en vez de yeims yois-  pone en práctica narrativa las teorías de Saussure, Witgenstein y otros.  ¿Capisci?
La técnica de Hoyce la desarrollarían con mejor fortuna, introduciendo estos monólogos en la fluencia narrativa, dese Faulkner hasta las últimas redacciones del colegio.
Ulises queda como hermosa muestra de arqueología, como lectura es insufrible.

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