viernes, 4 de octubre de 2013

JUAN LUIS PANERO VISTO POR MICHI PANERO



Aprovechando recientes  motivaciones necrológicas incluyo en esta entrada unos fragmentos de “El final de una fiesta”, las memorias inéditas de Michi Panero –documento inédito pero fundamental de cara a los estudios literarios de la posteridad- que, en forma de libro “de conversaciones”, pergeñamos MP y el autor de este blog. 

 

A Juan Luis lo que le deslumbra especialmente es la riqueza, las grandes familias, el anhelo por convertirse en un personaje proustiano.
Evidentemente, si hay un personaje poco proustiano, ese es mi hermano Juan Luis; como mucho podría llegar a ser el gran Gatsby: esa fascinación que tiene Gatsby de contrabandista oscuro por las grandes casas. Proustiano, Juan Luis nunca lo ha sido: desde los chorizos que guardaba debajo de la almohada, cuando vivía en casa de la abuela hasta hoy, lo suyo ha sido el desgarro, esa especie de rapiña que era su vida, el afán de amontonar cosas. De pronto encontrabas una barra de chocolate que se le había deshecho al dormir encima de ella, cosas como de pobre de solemnidad...
Luego, de cara a la galería, Juan Luis tenía esas poses de nuevo rico. Durante los rodajes pedía para comer trucha y vino blanco de cosecha especial delante de todos los maquinistas y todos los eléctricos, lo que no es más que una falta de educación y de buen gusto.
Hay en Juan Luis una serie de personajes superpuestos uno encima del otro, que lo mismo pasa de la infancia con los chorizos y los chocolates derretidos a esos delirios de “yo sin mi vino blanco y mi truchita no puedo trabajar”. Pero qué truchita ni qué niño muerto.
 (…)



De los intentos de suicidio de Juan Luis, recuerdo cuando me llamó mi madre al apartamento de Hermosilla, aterrada: “Ven pronto, Juan Luis ha intentado suicidarse”.
Fui corriendo a la calle Ibiza  y me lo encontré tirado en el suelo, rodeado de manuscritos chamuscados esparcidos por todas partes. Ese gesto de “Voy a quemar mi obra”, sólo que Juan Luis, esperando su “resurrección”, ni siquiera había quemado los originales, sino fotocopias de los poemas. Debía de haberse bebido dos copas y luego se tomó cuatro optalidones; le hicieron un lavado de estómago en la policlínica y como nuevo.
(…)
Mi madre solía venir al apartamento de Hermosilla, huyendo de las persecuciones de Juan Luis y, sobre todo, de las de Leopoldo, aún más terroríficas.
A Juan Luis, por ejemplo, en una de sus borracheras se le quema el colchón y no se le ocurre otra cosa que tirarlo por la ventana, ardiendo. En “El desencanto”, en esa escena en la que sale con el sombrero de vaquero hace como que dispara a unas botellas…, cuando el que dispara de verdad, y acierta, es un tío de producción que está detrás. La gente del rodaje me lo contaba y a mí me daba un poco de vergüenza ajena.

  


En el fondo a Juan Luis le gustaría ser como Josep Pla, el escritor escéptico, solitario, recluido en el Ampurdam. Quizá si no fuera tan mitómano podría hacer unas memorias interesantes, partiendo de su infancia de Londres con Eliot y con Cernuda. Lo difícil, hasta para él mismo, sería deslindar lo real de lo ficticio. Me acuerdo de cuando me llevaba a los toros, a la plaza de Las Ventas, él disfrazado con sombrero y fajín, como una especie de millonario americano y luego esas cosas que decía: “En este palco me sentaba yo con el viejo Orson”
 

Evidentemente ni se había sentado con el viejo Orson ni nada, pero las mitomanías de Juan Luis eran feroces y lo siguen siendo. Si todo su mundo fuera real, Juan Luis tendría la vida más interesante de toda la literatura mundial, no digo española, sería una especie de ser privilegiado. Y no dice que ha estado con Tolstoi escribiendo “Guerra y paz” porque no puede decirlo cronológicamente, si no lo diría, o con Dylan Thomas o con Lowry, que es uno de los motivos por los que se va a Méjico: “Buscando al viejo Malcolm”. Juan Luis lleva a tal punto lo anecdótico de la literatura que es grotesco; es una cosa esquizofrénica ese fetichismo, como el de los camioneros que llevan en la cabina la foto de Manolo Escobar.




Juan Luis también desaprovecha todas  las oportunidades: si hay una persona que ha encontrado las puertas abiertas es él pero parece que le viene todo muy grande. Con veinte años va  a hacer el servicio militar y ni lo hace, lo saca un hipotético general Panero, lo tiene todo regalado… Luego ingresa en el PCE, del que acaba expulsándoles Javier Pradera (uno de los grandes odios de Juan Luis) a él y a Rafael García Hormaechea, un pijo amigo suyo del barrio de Salamanca; les echan porque llevaban el pelo largo, o eso cuenta Juan Luis. Después, a la muerte de mi padre, coloca un libro de poemas y trabaja en el Readers Digest; yo no sé qué habría hecho en su lugar cuando a la viuda de Panero la gente la volvió la espalda.


Para mí sin embargo ha sido una suerte tener de hermano mayor a Juan Luis y no a Leopoldo porque entonces no estaría en este sanatorio, estaría tirándome por el viaducto. Cada uno es como es, pero a nivel de convivencia Juan Luis es infinitamente más soportable que Leopoldo, que ni truchita ni nada, lo de Leopoldo es la fabada y la vomitona, que me den a Juan Luis mil veces. Si me dijeran eso de “elija usted: en una isla desierta se tiene que quedar forzosamente con uno de los dos hermanos” me quedo con Juan Luis, firmaría ahora mismo ante notario. Antes que Leopoldo cualquier cosa y eso que en las películas digo que es mejor poeta y más inteligente, sí, sí, lo que tú quieras pero a la hora de convivencia me quedo con Juan Luis mil veces, con el otro me tiro al mar desde un acantilado con una piedra atado al cuello. No me veo a Leopoldo persiguiéndome y diciéndome “Oye, tío”, y esto lo digo después de haber pasado por muchos sanatorios, que no es precisamente la convivencia con gente de Oxford y de Cambridge, pero convivir con Leopoldo sería una auténtica pesadilla. Juan Luis es más civilizado, sobre todo ahora que ha dejado de beber, los tres lo hemos dejado, claro que forzosamente, no porque de repente nos haya entrado el arrepentimiento.

2 comentarios: