miércoles, 5 de septiembre de 2018

AGUA QUIETA


Antes esto era como más España, y el tío del puro y la vieja de negro decían, cociéndose en la sombra: ¿Qué chavales, a bañarse? Lo decían con la nostalgia de algo imposible, como si no les fuera dado quitarse aquella ropa sudada y ponerse un bañador. Ahora esa gente curtida parece haber apartado la vergüenza, ellos con las bermudas y los tatus, ellas en topless si se tercia. Pero de bañarse, nada. A la gente parece que no le gusta. Les parece una cosa como de niños.
En La Nieta de Piedralaves es verdad que el agua baja fría, porque corre todo el rato, y a lo mejor viene de nevero. Pero a finales de junio, con todo el calorazo que se remansa en esta sierra, no se metía nadie. Se arrimaban a la piedra y se quedaban mirando la corriente, como con un sentimiento atávico. Uno entraba y salía fresco y nuevo de aquel agua limpia. La peña quedaba patidifusa y algunos hasta se levantaban de la merienda para interpelarme. Jefe, ¿está buena el agua? Me miraban como si fuera un naturista, un freak.
Corriendo el verano, esto se llenó de críos, que eran los únicos que se metían, motu proprio o empujados por las madres, física o psicológicamente: “¡Salta, salta, Fulanito! A ver si hay huevos… ¡Supérate!”. Los demás se quedaban sentados en los escalones y gradas a uno y otro lado del agua, mirándose como los monos en el zoo…
Cada uno que haga lo que le de la gana, eso por supuesto, pero no sé por qué me parece encontrar algo retraído y hasta algo avieso, en esa gente que no se baña.

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