viernes, 3 de junio de 2011

EL CRISTO DE LOS PEPINOS


La Casa de Campo es ese trozo de naturaleza inabarcable, con lagartos y conejos, putas y exhibicionistas. Como la cara salvaje de la moneda, la cara B de la ciudad maqueada y planificada.

Después de veinte años o así, recorriendo sus caminos he conseguido hacerme una idea aproximada de su orografía, pero siempre me asaltan rincones nuevos, no identificados: vaguadas, barrancos, arroyos, bosquetes…
 
Lugares que, vistos un día, se pierden de nuevo en el bosque mediterráneo, durante años y más años. Por poner un ejemplo, no he conseguido reencontrar una cabaña de madera y techumbre de paja, fabricada (¿por algún gnomo?) en el cauce de un arroyo seco. En su interior recuerdo el lema: “Sea bienvenido el que aquí llegue en son de paz”. (Tal vez ha sido destruida por las autoridades municipales, o quizá, sencillamente, por obra de la erosión y el cambio climático). Hace también la tira que no logro dar con una encina donde se había aparecido la Virgen y se celebraban misas…
 
Por fin, he vuelto a dar sin embargo con el Cristo de los Pepinos. Estatua metálica del Sagrado Corazón con dos obuses a sus pies. Yo imaginaba un origen milagroso para la estatua, como que se había aparecido JC, o en su defecto, que habían caído los obuses pero que no habían explotado…
 
Error. La realidad es mucho más prosaica. La estatua la mandó poner -durante nuestra lejana contienda- el conde de Mayalde, un fachón de mierda que sería más tarde alcalde de Madrid (en las imágenes, véase el tradicional bigotillo, en compañía de un jerarca nazi y con Serrano Suñer). 

 
Las tropas victoriosas venían de Toledo y traían como estandarte la imagen venerada, que habían rescatado del expolio… Tras los combates en la Casa de Campo cruzarían el río y...
Ahora, en su emplazamiento solitario, el Cristo de los Pepinos, con sus arriates de flores y sus banquitos de madera y su huerta de lechugas posnucleares, remite a un mundo extinguido y subterráneo..Un mundo feliz, sin duda.




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