Fui por ir con la basca a Rosendo en Pijadahonda (yo ya le
había visto en el pueblo hacía poco). Ibamos sin prisa pues tocaban de
teloneros Rulo y la contrabanda, unos poperos de Cantabria (el carabanchelero
hace cartel con punkis, heavis, grupos como éstos, y lo que se tercie: pega con
todo). Pero se invirtieron los términos, lo que hacen a veces las grandes
estrellas, y entramos con Rosendo empezado y rodando. Tocó lo mismo pero no
tocó lo mismo que hace un mes. No era el Rosendo testamentario de La Adrada, entronizado
por el niño y la agüela con mecheros y fotitos, sino algo fresco y vivo,
sin fecha de caducidad. No despedida sino eterno retorno.sábado, 15 de septiembre de 2018
ROSENDO EN MAJADAHONDA
Fui por ir con la basca a Rosendo en Pijadahonda (yo ya le
había visto en el pueblo hacía poco). Ibamos sin prisa pues tocaban de
teloneros Rulo y la contrabanda, unos poperos de Cantabria (el carabanchelero
hace cartel con punkis, heavis, grupos como éstos, y lo que se tercie: pega con
todo). Pero se invirtieron los términos, lo que hacen a veces las grandes
estrellas, y entramos con Rosendo empezado y rodando. Tocó lo mismo pero no
tocó lo mismo que hace un mes. No era el Rosendo testamentario de La Adrada, entronizado
por el niño y la agüela con mecheros y fotitos, sino algo fresco y vivo,
sin fecha de caducidad. No despedida sino eterno retorno.martes, 11 de septiembre de 2018
lunes, 10 de septiembre de 2018
WATUSI
Me he acordado del Watusi que yo conocí, un punki alto y ganso, muy moreno, que apareció en aquellos inventarios forestales que hicimos por el Alto Tajo, en Cuenca. -¿Cómo te llamas? -Watu… Watusi (con naturalidad total). Soy de Barna, ja ja, de Barna… Charnego, charneguillo… El Watu hablaba con acento y dicción sacados directamente de El Jueves, Makinavaja y así. ¿De dónde había salido? El Watu, de Barcelona, y su novia, de Málaga, habían llegado a un acuerdo democrático y equidistante geográficamente, estableciéndose como pareja en Cuenca porque era lo que quedaba a mitad de camino. En Cuenca vivían en un barrio bonito y viejo, aledaños de la catedral, pero peligroso. El propio Watu, que estaba muy corrido, movía la cabeza con contundencia, el mohicano en toda la cresta. El Watu, en el rato que llegábamos de la ciudad al tajo, todo lo largo que era, echaba en la furgoneta unas siestas con ronquidos y pedos. Pero currar curraba. En los descansos promocionó un juego en el que se hizo campeón, el juego de lanzar un hacha, unas hachas pequeñas que teníamos para marcar los pinos, el hacha no había que clavarla directamente en el árbol sino primero hacer unos molinetes en el aire. El Watu arrasaba y también una pelirroja que había venido de Reinosa. Yo por entonces había publicado unos libros y Watu y unos hippies, una pareja de hippies que en verano vendían bisuta por las fiestas, rencorosos, pretendían vacilarme (Watu estaba entre dos aguas, pero como era amigo de los hippies…) Lo que pasa que no podían conmigo, además de que la peña, la demás peña, les callaban enseguida, orgullosos de tener en la cuadrilla una especie de mascota literaria… El Watu una mañana pegó un trago de gasolina y con un trozo de yesca encendida sacó una llamarada como si fuera un dragón. Watu también tenía un niño de meses, Jerónimo o Jero. Watu, qué tal tu niño. Buah, ¡más bien…! Se está poniendo como un cerdo el hío puta
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