miércoles, 9 de febrero de 2011

VALDEMINGOMEZ


Vamos hacia el vertedero Efraín y yo en el camión a descargar. primero por la M 40, luego por la carretera de Valencia. Sensación de relajamiento por ser viernes, y, por la ruta que seguimos, nostalgia de emprender un viaje. Después salimos a la Cañada Real que, en este tramo, es una mezcla de carretera y calle. Carretera porque la cañada está asfaltada y es un trasiego de idas y venidas de camiones hacia el vertedero. Y  calle porque a los dos lados de la carretera está lleno de casas. Podría parecer un poblado del oeste, o un poblado africano. No son chabolas, sino casas. Los terrenos les han debido de costar dos duros porque con que se levante el mínimo soplo de viento llega el olor insoportable del vertedero. Las casas están alicatadas con azulejos y las fachadas son de ladrillo. Hay grandes patios donde en pie, bajo el sol, se ve perorar a las familias. Alguna gitana joven, con la falda larga, sale a otear la carretera como si algo se le hubiera perdido o esperara a alguien. Efraín me cuenta que el otro día estaban los “geos” con las metralletas alzadas rodeando una de las casas.


Los niños se sientan en las puertas, con ese paisaje movible y permanente de los camiones pasándoles a pocos metros. En las paredes, letreros con pintura y letras casi siempre desiguales: SE CEDE, SE VENDE- ES DE GITANO, CE CEDE, ME CAGO EN LOS MUERTOS DEL QUE TOQUE ALGO DE LA FINCA SIN MI PERMISO, HAY BOCADILLOS, SANWICHS, GOLOSINAS, REFRESCOS –porque muchos de los gitanos han improvisado un bar, una cantina –cortinas de flecos y la sombra en el interior-, un comercio que no les librará de la autarquía, serán los propios vecinos los que quizá hagan algún gasto, no creo que bajen los camioneros a las tiendas, dos niños en una moto nos saludan, DIOS TE AMA ese mensaje con el que la raza trata de conjurar la agonía y la angustia que les suponen la pérdida de su cultura y un presente sin asideros.
Hay una cercanía de desmontes y de campo, un camino rural hacia la espiral del vertedero; en alguna de las fincas una chapa indica un sistema de alarma y está vallada con alambre.
El vertedero: tras pasar una caseta metálica que es un control creo que del ayuntamiento, una carretera cuesta abajo. A los lados montañas compactas de desechos por los que luego pasa la apisonadora. En una montaña negra brillo como de cristales. Montañas amarillas entre las que discurren caminitos que apetecería bajar en bicicleta. Color como de trigales que en el fondo es mierda. Al fondo, los pinares de La Marañosa. Un olor penetrante, oscuro, cálido, como de cigarrillos apurados hasta las heces.


Subimos una cuesta. A un lado se prepara otra montaña -están clasificadas: lixiviados, compost, etc- que irá encima de un gran agujero que han hecho en el que colocan una especie de moqueta gris y negra, probablemente para que los residuos no traspasen la tierra.
Vamos a descargar. No se permite bajar del camión más que para eso, pero algunos camioneros –el torso descubierto coloreado de tatuajes- pasean entre los residuos. Sobre una de las montañas una colonia de un centenar de cigüeñas.


1 comentario:

  1. Es-timado amig@:
    Aunque no le conozco, debo decirle que la calidad (y calidez) de su literatura me sorprende muy agradablemente.
    Vos parecés un gran escribidor. (In goood hour) Enhorabuena por su obra.
    Estoy muy interesado en adquirir sus libros, me han hablado de algunos libros suyos. Creo recordaar sus nombres: "Los cangues del aire", "Historia de un autista" y la más popular y prestigiosa, "el Ñorte".
    Por favor, índiqueme cómo puedo adquirirlas. Gracias.

    Fdo.: Pedro Luis Honorato Bodeler y Valtzak,
    ciudadano de Las Malvinas.

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