viernes, 7 de octubre de 2011

LAS 24 HORAS DE ROCK


Rockeros: el que no esté colocado que se coloque, ¡y todos al loro!, dijo el viejo profesor.

 
Por una de esas lagunas espacio/memoria/tiempo, no encuentro entre las múltiples webs dedicadas a la movida madrileña, información sobre las 24 horas de rock. Quizá porque sus protagonistas acabaron “colocándose” realmente en otros temas, y los que no, se murieron.
 
El evento se presentaba bajo un lema cultureta: Fiesta del estudiante y la radio. Había anunciados como unos cincuenta grupos y cada uno tenía que tocar media hora. 
 
Recuerdo las luces encendidas, el pabellón medio vacío y unos punkis de negro, metiéndose con Carlos Tena, que estaba de espectador.
“Porque tú, Carlos Tena, y la gente como tú sois unos parásitos. Escucha, Carlos Tena: te estás aprovechando de la juventud…”
Carlos Tena, unas gradas más abajo, no sabía qué cara poner. Tumbado en la fría piedra se retorcía como una cucaracha, hacía flexiones, hacía abdominales…
“Carlos Tena, me das pena…Carlos Tena, me das pena…” remató, sin inflexión en la voz, un gordito con cara de buena persona, que hasta entonces no había abierto la boca.
Recuerdo las luces apagadas y los grupos muy a lo lejos, empequeñecidos en el escenario que parecía un ring de boxeo. Cuando salió TGalván ya había más gente.
Porro en mano y todo, pero “la juventud” no daba crédito a sus palabras.
En medio de una ovación, el viejo profesor se retiró y salieron, como alumnos privilegiados, Loquillo y los Trogloditas.
 
Loquillo iba de rocker pero los trogloditas cada uno iba de su padre y de su madre: uno de mohicano, otro con el pelo al cero, otro con gorra militar bajo la que asomaban las melenas teñidas, otro con antenas de marciano...
Todo parecía empezar, como bajo una luz nueva (igual era el costo, y el cubata) pero a lo mejor todo estaba terminando. Bajo apariencia enrollada, comenzaba la institucionalización de un movimiento espontáneo.
 
Unas horas de vacío y consolador olvido y, cuando salí a respirar al vestíbulo del Palacio de los Deportes, se había esfumado la tarde esplendente de finales de enero en que habíamos entrado horas antes… La noche tras las cristaleras. En el espacio insonorizado del vestíbulo resonaban los cascos de los caballos. La policía perseguía a unos cuantos pelagatos que pugnaban por acceder al recinto.
 
“La convocatoria con música gratuita –pan y circo- actuó de efecto llamada para jóvenes de todos los barrios, colapsando las entradas del Palacio de los Deportes” (del ABC)
De madrugada se encendieron las luces y dijeron algo de un aviso de bomba, que había que desalojar. Así salimos todos, bastante acojonaos, menos una pareja de hippies viejos y escépticos, que no se creían nada y se quedaron comiendo una tortilla.

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