lunes, 29 de enero de 2018

A LA CALLE FELICIDAD




Para Laura, para Santia, en su común cumpleaños...

Al final fuimos a Barakaldo a ver a los Tiparrakers, que tocaban en un local de la calle Felicidad. A cada persona que preguntábamos por la calle se sonreía tristemente. A una mujer que finalmente nos indicó bien, para resumir le dije: “Entonces, a la felicidad por ahí arriba, ¿no? “Sí, sí, es que vaya nombre le han puesto…”
Por el camino una pareja de ertzainas, chico y chica, revisaban la documentación a un grupo de Latin kings adolescentes, delgados y con ojos desconfiados como los de las llamas andinas. Esperaban cariacontecidos, pero en el fondo orgullosos, pues lo normal era que hasta ahora a esta gente se la dejara en paz. Esto también va tomando un aire de Nueva York, y todo en veinte kilómetros a los dos lados de la ría…
Al final llegamos a la calle Felicidad, que era una cuesta con casas viejas. Al local al que íbamos, donde tocaba el grupo, le habían puesto el nombre de Pub Mendigo, a lo mejor para bajarle los humos a la calle. O tal vez esperando conseguir la dicha de gorra: sólo que la felicidad no se puede pedir, ni tampoco ir abiertamente a por ella… Llega cuando llega, sin avisar, a veces tras la tristeza y la desesperación, pero cuando aparece lo hace como por sí misma, con facilidad suma. Y así mismo se conduce uno, vamos, de aquella manera, tanto que ambos estados -facilidad, felicidad- tienen mucho que ver, si es que no son el mismo.

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